sábado 28, marzo, 2020
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Revista: La naturaleza está enojada

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por Claudia, la profe.

Y sí. Al final debo darle la razón a mi madre cuando decía que los desastres naturales ocurrían porque los humanos provocamos a la naturaleza… Y por eso está enojada.

Martes feriado. Último día de un finde largo que, como tal, pasó sin pena y sin gloria. Me coloco los guantes y subo hasta la terraza de mi edificio. Sí, “terraza” y no “azotea” como dice en la tecla del ascensor con AZ bien grandotas. Y al abrir la puerta de acceso a ella, aparece, como en una pantalla, una película multicolor de Disney, cuyos personajes animados me daban la bienvenida. El sol, obvio, era el protagonista. Y los pájaros, que corrían carreras a mi alrededor y las copas, espesas aún, de la arboleda de mi barrio que se peleaban por seguir creciendo, todos ellos me daban envidia. Pero no de la “sana”. Noooo. De la otra, de la rabiosa, de la desconcertada, de la inexplicable e impotente envidia. Comencé a caminar por la terraza. Y desde esos escasos 5 pisos, acariciaba cada cosa que identificaba. Y mi cuerpo, pedacito por pedacito, comenzó a jugar con el sol. El monumental tanque de agua del hospital con su coqueta capucha roja. Orgulloso y vigilante de todos y todas los que estamos abajo dejando ahora que nos cuiden. Y con motivo, orgulloso de ser muestra de una arquitectura nunca más lograda que sobrevivió a los avatares de la vida. Y más allá una gran chimenea que despide humo. Y pienso hoy es feriado, hoy hay cuarentena pero hay humo. Ahí también hay quienes nos cuidan. Y hago un paneo y veo esas molestas altísimas antenas que rompen la armonía del entorno con su actitud altanera. Y el canto del bicho feo se interrumpe con los desgarradores golpes sobre una chapa de algún preso en la comisaría. Y pienso en el encierro. En ese, en particular, que se repite todos los días. Que no sabe de findes largos ni de feriados. Pero sí sabe de aislamiento. E inmediatamente, porque el cerebro y el corazón tienen sus propios mecanismos, recuerdo que hoy, casualmente hoy que quise correrme por quince minutos de mi aislamiento, es 24 de marzo. Y pienso en los que ya no pueden ver ese sol ni escuchar a esos pájaros. Pienso en sus encierros. Pero inmediatamente descubro el Puente. Y me da alivio saber que siguiendo la línea del puente hay más y más vida. Y en eso, unos brazos que se agitan desde otra terraza. ¿Me están saludando a mí? No estoy tan sola entonces. Y brindo por eso. Porque en corto, mediano o largo plazo volvamos a encontrarnos. Brindo por la vida.
Y sí… la Naturaleza está enojada.

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