por Marcelo Sicoff
El farmacéutico Eugene Schieffelin camina por Central Park. Es 1890. El invierno todavía se aferra a Nueva York y el aire de marzo corta la cara. Schieffelin, aficionado al teatro y devoto del “Bardo de Avon”, carga varias jaulas repletas de pájaros. Un hombre sentado en un banco lo observa: no todos los días se ve a alguien paseando con un pequeño concierto de alas prisioneras. Eugene avanza unos metros más, deja las jaulas en el suelo, respira hondo y, con una calma que parece ceremonial, comienza a abrirlas una por una
No lo sabe -nadie lo sabe-, pero en ese acto de fe en Shakespeare está soltando algo más que aves. Está alterando, para siempre, la ecología de un continente.
Inmigrante alemán, Schieffelin era miembro de la Sociedad Estadounidense de Aclimatación, una institución con un propósito tan inocente como arrogante: poblar el Nuevo Mundo con especies europeas. Árboles, aves, paisaje. Corregir la naturaleza.
Schieffelin tuvo una idea sencilla y desmesurada: que América escuchara exactamente los mismos pájaros que Shakespeare había hecho cantar en sus versos. Si el poeta los había invocado en Inglaterra, ¿por qué no convocarlos también en Nueva York?
Aquella mañana soltó sesenta estorninos. Un año después, cuarenta más. Antes, la Sociedad había intentado con otras especies -ruiseñores, alondras- pero ninguna había sobrevivido al clima ni a la ciudad ni a esa versión moderna del Edén. No había razones para pensar que los estorninos correrían mejor suerte.
Pero lo hicieron.
Y prosperaron.
Demasiado.
Ahora hay alrededor de 200 millones de estorninos en América del Norte.
No son pájaros delicados. Son corpulentos, ruidosos, avanzan en bandadas como una sola criatura. Caen sobre los cultivos y no dejan más que ramas temblando. Los economistas, que necesitan ponerle número a todo, hablan de miles de millones de dólares en pérdidas.
En 1960 dejaron de ser solo una molestia agrícola. Al despegar del aeropuerto Logan, en Boston, un avión atravesó una bandada. Los estorninos fueron absorbidos por los motores. La aeronave cayó. Murieron 62 personas.
Pero no solamente de Shakespeare se nutre la historia de los estorninos.
El 27 de mayo de 1784, Mozart se encontró en una tienda de Viena con un estornino que improvisó el tema de su Concierto para piano Nº 17 en sol mayor. Viendo que el ave tenía personalidad y astucia, decidió llevárselo a casa. Por 34 kreuzer consiguió un amigo que le sirvió de consuelo, distracción y musa.
Durante años, el estornino aprendió algunas canciones que Mozart le silbaba. En una ocasión, canturreó un sol sostenido en lugar de un sol natural. Se quedó a unos acordes de acompañar a la orquesta y cumplir el sueño de Mozart: un coro de pájaros en concierto.
El ave murió el 4 de junio de 1787. Mozart le organizó un funeral majestuoso. Todos vestidos de luto. Lo enterró en el patio de atrás y le dedicó un poema que mezclaba sarcasmo y nostalgia.
A Mozart no le fue igual. Murió pobre, cuatro años después, y lo enterraron en una fosa común.
A mediados de los años 80, en Argentina, algunos vendedores de fauna exótica liberaron estorninos que no pudieron vender. Como Schieffelin, pero sin Shakespeare.
También andan por nuestra aldea, camuflados como cuervos o golondrinas. Nadie los ve. Nadie sabe que están. La culpa de casi todos los males, como casi siempre, se la llevan las palomas.
Fuente: www.cronicasdebaigorria.blogspot.com





