El centinela de la nubes

El centinela de la nubes

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por Marcelo Sicoff

Hay una foto de 1939 que parece salida de una novela de Bioy Casares: un hombre de traje oscuro y mirada severa, parado en una azotea de Caballito, manipula una caja de madera con dos antenas. Es Juan Baigorri Velar, el ingeniero que juraba tener la llave del cielo. La leyenda —una de nuestras formas de llamar a la verdad— dice que mientras el Servicio Meteorológico anunciaba sol radiante, Baigorri ajustaba un dial y obligaba a los porteños a salir corriendo a buscar paraguas. Lo llamaban “el mago de la lluvia”, aunque él, con esa modestia un poco altanera de los inventores solitarios, prefería decir que era un simple lector de las “congestiones del aire”.

Se dice que una tarde de diciembre, harto de que los científicos de escritorio lo trataran de impostor, envió un telegrama al despacho del director del Servicio Oficial: “Para que no digan que soy un egoísta, ahí les mando un chaparrón”. Y el agua cayó, puntual y furiosa, sobre las cabezas de los burócratas. Pero el misterio terminó con un portazo. Un día, Baigorri desarmó su caja, guardó los planos y desapareció de la vida pública. Se llevó el secreto a la tumba, convencido de que si el mundo no podía entender la gratuidad del milagro, no merecía su ciencia. Dejó, eso sí, un cielo huérfano de explicaciones y una sospecha que todavía flota: que el aire se puede leer si uno tiene la paciencia necesaria.

Pensaba en ese retiro huraño de Baigorri mientras miraba el pronóstico de tormentas de nuestra aldea. Porque acá, en este rincón junto a un río ancho y espeso, también tenemos a nuestros propios traductores del viento. Solo que ellos, a diferencia del viejo ingeniero, han decidido que el secreto no le pertenece a nadie. Hablo de Jorge Giometti y de esa cofradía del clima que se quedan despiertos cuando el resto del mundo duerme.

Es una épica silenciosa, hecha de sensores puestos a pulmón y madrugadas de radar. En un país donde lo público suele ser un territorio en ruinas y lo colectivo una tontería, lo que hacen estos vecinos tiene algo de resistencia antigua: cuidan el horizonte como quien mantiene encendida la linterna de un faro en una costa cerrada por la niebla. Lo curioso es que, mientras ellos lo hacen por el puro compromiso de no dejarnos a la intemperie, sus nombres ya empiezan a circular con respeto en mapas remotos, en congresos de otros idiomas donde se preguntan cómo es que estos tipos, con tan poco, saben tanto de lo que viene desde el horizonte.

Baigorri Velar eligió el silencio para proteger su dignidad; Giometti y los suyos eligen la palabra compartida como quien reparte agua en medio del desierto. Al final, más allá de los satélites y los radares, lo que queda es esa vieja costumbre de intentar descifrar el horizonte. Quizás el verdadero arte no sea predecir el granizo, sino sostener la mirada hacia arriba cuando todos los demás han bajado la vista hacia sus propios pies. Alguien tiene que quedarse mirando el cielo, aunque no sea más que para recordarnos que, todavía, el viento tiene algo que decirnos.

Fuente: cronicasdebaigorria.blogspot.com


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