Cuando leíamos paredes

Cuando leíamos paredes

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por Marcelo Sicoff | cronicasdebaigorria.blogspot.com


Acompáñenme al pasado. Síganme hasta los primeros meses de 1988. Véanme caminar por una ciudad que no es la mía. Un mundo donde no existía el ruido instantáneo de los mails ni el maremoto de las redes sociales. Yo era el cadete de una empresa en Rosario. Me ganaba la vida caminando todo el día por la ciudad, fingiendo conocer sus calles a la perfección, para poder vivir, estudiar, comprar libros y, cuando sobraba algo, ir al cine. Todavía no lo sabía, pero mientras caminaba estaba siguiendo las huellas de alguien que escribía en las paredes de la ciudad.

Tanto caminar tiene sus consecuencias: uno termina mirando las paredes hasta que aprende a leerlas. En esa época las paredes eran puro texto: un griterío de afiches, grafitis y frases escritas con aerosol. Pero a mí lo que realmente me llamaba la atención eran otros escritos, más rudimentarios y personales. Estaban hechos con tiza, con carbón o con el polvo rojo de un ladrillo roto que alguien había usado como lápiz. Cada tanto me paraba frente a una pared cualquiera y los leía.

Una decía:

«Al César lo que es del César y a José lo que es de José».

Otra:

«Para morir por la patria primero hay que vivir».

Yo no sabía quién era el que hablaba con los muros hasta que un miércoles de otoño lo vi. Estaba en Urquiza y Sarmiento, escribiendo con una concentración absoluta, como si la pared fuera la única hoja de papel que importaba en el mundo. Me acerqué y me di cuenta de que ya lo había visto antes. Era el hombre que caminaba por el centro con bolsas, latas atadas a la cintura con piolines y una botella de plástico.

Vestía de negro, barba blanca de años, cara de haber discutido con el mundo entero. Lo vi terminar su frase, dar dos pasos hacia atrás para contemplar el silencio de la piedra y perderse después entre la gente, como si nada. Yo no sabía quién era. En los papeles figuraba como Higinio Alberto Maltaneres. Nadie lo llamaba así. En Rosario todos lo llamaban Cachilo.

Gary Vila Ortiz contó alguna vez que Cachilo decía haber nacido el primero de mayo de 1927, aunque la partida de nacimiento dice 30 de abril. ¿A quién creerle más: a los papeles o a Cachilo? En los noventa sus grafitis empezaron a llamar la atención. Hubo artículos, libros, canciones, incluso un documental. Para entonces Cachilo ya era un ícono del centro de Rosario. Aunque él casi no hablaba con nadie.

Dicen que alguna vez trabajó en el Correo Central y que tuvo un negocio en el centro hasta que en 1979 algo se rompió, o se iluminó, y decidió volverse linyera para empezar a firmar sus frases con ese nombre nuevo. Murió años después en la vereda del Instituto de Previsión Social, en pleno centro de la ciudad, en absoluta soledad.

Aquel miércoles en Urquiza y Sarmiento yo estuve frente a uno de los poetas más raros que tuvo esta ciudad. En ese momento nadie lo llamaba poeta.

Ni siquiera él.


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