El amo juega al esclavo

El amo juega al esclavo

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por Marcelo Sicoff | Crónicas desde Baigorria

Hace poco, en nuestra aldea -que no es Macondo pero se le parece bastante-, alguien que se autopercibe comunista salió a hacer una defensa cerrada de una institución bancaria. No un banco cooperativo, no una caja mutual, no una cooperativa de obreros: un banco, a secas, con su mármol, su logo pulido y su vocación de interés compuesto.

No hace falta ser un intelectual de fuste, ni haber subrayado con devoción El capital, para saber que un militante de la teoría clásica del comunismo -Marx, Engels y sus continuadores, esa gente que escribía largo y pensaba en serio- no debería aplaudir a los bancos tal como existen en el capitalismo. El manual básico del militante comunista, el de tapas gastadas, dice cosas bastante simples: que los bancos controlan el crédito y el dinero, que concentran capital privado, que obtienen ganancias a través del interés y que, en el proceso, refuerzan la desigualdad económica. No es una interpretación maliciosa: es lo que dice el dogma.

Desde esa perspectiva, los bancos no están ahí para servir al interés colectivo sino para aceitar la reproducción del capital y sostener el poder de las élites. Nada nuevo bajo el sol. Lo raro fue, entonces, escuchar a este comunicador defender la instalación de un banco que, para colmo de males, fue construido robándole a la comunidad una porción de parque público. No una abstracción: pasto, árboles, espacio común. De eso que, se supone, el comunismo viene a cuidar.

El chiste fácil hubiera sido citar a Ricardo Darín en Nueve reinas –“faltan financistas”– y seguir de largo. Pero no. Este comunista defensor de los bancos me hizo acordar a Liberia. Sí, Liberia: ese país africano que muchos recuerdan, si lo recuerdan, por George Weah. El delantero descomunal de los noventa. El que jugó en el Milan, el PSG, el Chelsea, el Marsella. El único africano que ganó un Balón de Oro. El mismo que, hasta 2024, fue presidente de su país.

Pero volvamos a la historia de Liberia, que es otra cosa.

En 1821, en Estados Unidos, empezó un experimento peculiar: liberar esclavos y devolverlos a África. Los patrones blancos y ricos embarcaron a algunos y los abandonaron en la costa occidental del continente, en la región que hoy conocemos como Monrovia. Eran descendientes de hombres y mujeres cazados, encadenados, vendidos en mercados de esclavos y enviados a trabajar en plantaciones norteamericanas. Volvían —si es que se puede llamar volver— a una tierra que no conocían.

En 1847, esos esclavos liberados, menos de diez mil personas, proclamaron la República de Liberia. La mayoría no sabía leer ni escribir. Empezaban una vida nueva entre personas del mismo color de piel, con raíces culturales que se imaginaban comunes. Todo parecía indicar que algo distinto podía nacer ahí.

Pero siempre hay un pero.

Los fundadores comenzaron a llamarse a sí mismos americo-liberians. Y contra toda expectativa, en lugar de desmontar el sistema que los había triturado, reprodujeron el único modelo social que conocían. Los antiguos esclavos no quisieron dejar de serlo: quisieron ser otra cosa. Amos. Los que antes habían llevado grilletes pasaron a ponerlos. Cambiaron los nombres, conservaron las jerarquías. El látigo siguió circulando, apenas con otra mano, del mismo color de piel.

No querían destruir un sistema injusto: querían heredarlo. Intensificarlo. Usarlo en beneficio propio.

Ryszard Kapuściński lo dice con una claridad incómoda: “Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente -en palabras de Miłosz- nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento…”. El daño no se va solo con un cambio de escenario. A veces viaja intacto.

En nuestra aldea, esas palabras del cronista polaco suenan fuerte. Y las de Darín vuelven, como un eco que no termina de apagarse. No porque falten financistas, sino porque sobran historias de esclavos que nunca soñaron con ser libres junto con sus compañeros, sino apenas con llegar a ser amos.


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