La historia incompleta

La historia incompleta

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por Marcelo Sicoff | cronicasdebaigorria.blogspot.com

Hubo un tiempo en que Argentina se volvió un país de persianas bajas y puertas cerradas. Al contrario de lo que pasaba en esa novela de Saramago donde la muerte decidía cruzarse de brazos, acá la parca se volvió una burócrata eficiente: ocupaba casi todo el espacio disponible.

El truco, el pacto invisible que firmaron muchos, fue el de no mirar. Es curioso cómo el ojo se entrena para el punto ciego. Los que se quedaban de este lado del vidrio, mientras la calle se iba vaciando de nombres, empezaron a masticar esa frase que servía para dormir de noche: “algo habrán hecho”.

Como si la desgracia fuera una cuestión de mérito y no ese viento helado que doblaba la esquina en un Falcon verde sin patentes.

Hace poco, Leila Guerriero rescató una historia que cuenta mucho de aquellos tiempos. La de una chica que lee demasiado y tiene un padre piloto civil y mayor de la Fuerza Aérea. Se llama Silvia Labayru.

En las fotos de entonces tiene esa belleza lánguida de blanco y negro, de los setenta, cuando militar políticamente era una forma de la fe. Pero el guionista de esta historia es un sádico.

A Silvia la encerraron en la ESMA con una panza de cinco meses. Allí la hicieron parir, la violaron, la torturaron; y después, la obligaron a la actuación más infame de su vida: ser la hermana de Alfredo Astiz, caminar de su mano para señalar a las Madres y a esas dos monjas francesas que todavía nos faltan.

Silvia fue el decorado necesario de una traición que ella no eligió.

En junio de 1978, Silvia aterrizó en Madrid con su hija a upa. Bajó del avión creyendo que el infierno quedaba atrás, sin saber que en los bares de España sus propios compañeros ya le habían bajado el pulgar.

Si había sobrevivido, decían, era porque había traicionado.

A veces, para los puros, sobrevivir es el pecado más imperdonable.

Hoy salen los que sacan la calculadora para justificar el horror. Hablan de números. Como si fuera un balance que cierra sumando y restando.

Pero no cierra.

Faltan cuerpos. Faltan caras en el álbum familiar. Faltan nombres en la mesa del domingo.

No es aritmética. Es gramática: aprender a conjugar el verbo faltar en todos los tiempos.

Hay que entrar al pasado de una vez, aunque huela mal y queme los ojos. Meterse hasta el fondo. Salir diciendo, sin grandes discursos: no, gracias. Ya probamos eso. No volvemos.

Nunca Más.


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