Mar de plástico

Mar de plástico

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por Marcelo Sicoff

La estación de buses de Alicante, por momentos, se convierte en una pequeña Babel. Mientras la Guardia Civil pasea por las plataformas con sus K9 olfateando entre los pasajeros que esperan, en el bar del primer piso -cerca de las oficinas de empresas con carteles que prometen destinos tan dispares como Barcelona o Kiev- se entremezclan las voces: rumanos, rusos, turcos, distintos dialectos africanos, franceses, italianos y, también, algunos españoles.

Estoy tomando un café cuando se acerca un morocho alto, corpulento, y me ofrece una extraña fuente de madera que se arma y se desarma con una rapidez de truco barato. Le digo que no, le agradezco. Sonríe y tira la red: “¿Argentina? Messi, Maradona”.

El déjà vu es inmediato. Recuerdo la misma escena en Roma, en Lisboa, en Madrid.

Vendedores senegaleses, simpáticos y políglotas, que prueban todas las llaves del llavero: el fútbol, la sonrisa, la complicidad exprés.

La conversación es una excusa: uno afloja, baja las defensas y ellos consiguen lo único que importa: vender algo. O, en el peor de los casos, llevarse unos euros de consuelo.

Pero estoy equivocado. Samuel no es senegalés; es nigeriano y está en Alicante desde hace seis meses. Sobrevive vendiendo en la calle.

Me cuenta su viaje como quien enumera estaciones de un tren que ya no existe. Salió de Nigeria con una mochila liviana y una promesa pesada: algo para mandar a casa. Cruzó fronteras que no figuran en los mapas turísticos, durmió en plazas, en pozos, en camiones; trabajó en cocinas donde nadie preguntaba el nombre. En el camino aprendió a decir “hola” en cuatro idiomas y a sonreír en todos.

En Alicante duerme donde puede. Casi siempre en una habitación compartida con otros cinco; a veces en una cama, casi siempre en un colchón en el piso. “No es malo acá”, dice, y ese “no es malo” carga todo: la comparación con lo peor y la gratitud mínima por seguir de pie. Vende porque es lo que hay para hacer.

Mientras me habla, arma y desarma la bandeja con un automatismo que me sorprende. Yo miro la madera, lo miro a él. Él sigue con la paciencia de los que saben que el rechazo también es parte del oficio.

Antes de Alicante estuvo en Almería, recogiendo frutas y verduras. En uno de los miles de invernaderos del sur de España.

El paisaje cambia, pero la intemperie es la misma. Un mar de plástico que brilla al sol. Como si fuera progreso. Invernaderos alineados hasta donde alcanza la vista. Y más allá. Más allá también. Más de 40.000 hectáreas. Se ven desde el espacio.

El milagro económico de Almería, cuarenta y cinco años de agricultura intensiva, tiene un precio. Alto. Medioambiental, humano. Vertederos de plástico en cualquier rincón.

Hace falta gente. Mucha gente. Inmigrantes. Extranjeros. Mano de obra barata que sostiene ese brillo que parece progreso. Y que nadie mira de cerca. Ahí trabajó Samuel. Semanas enteras. Nadie le preguntó de dónde venía.

“Allá se trabaja mucho”, dice. En esa frase cabe un diccionario entero de cansancio. Jornadas largas. Pago corto. La espalda como moneda de cambio.

El tomate viaja limpio a las góndolas de Europa. El que lo junta queda fuera del cuadro. Borrado del paisaje que él mismo sostiene.

El modelo de progreso de Almería es muy parecido al modelo de nuestra aldea: algunos disfrutan lo que otros sufren. Algunos miran, otros agachan la cabeza. Y siempre hay un viento que arrastra el ruido, pero no cambia nada.

Y mientras Samuel arma y desarma su bandeja en Alicante, y mientras los tomates brillan en las góndolas europeas, el mundo sigue como si nada.

Unos pocos se engordan. Otros muchos apenas sobreviven.

El mundo es un gran escenario: hay extras como Samuel que sonríen, dicen “gracias”, hacen de fondo.

La función ya terminó. Ellos siguen pagando la entrada.


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