por Marcelo Sicoff | cronicasdebaigorria.blogspot.com
Hay un libro que está en mi biblioteca desde hace años. Lo busqué hasta encontrarlo porque varios conocidos me aseguraron que iba a quedar fascinado por su personaje. Lo empecé a leer y lo abandoné enseguida; repetí con el mismo resultado dos o tres veces. Reboté siempre. Sentía que me estaba perdiendo de algo importante y que esa era una prueba irrefutable de lo bien que hago en no leer traducciones. Una de mis tantas estupideces.
Hasta que hace unos días alguien volvió a preguntarme si había leído La conjura de los necios y si conocía la historia de su autor, John Kennedy Toole. Abrí la boca para contestar, pero no me animé a decir nada.
Cuando llegué a casa volví a sacar el libro del estante y me senté a leer. Entendí enseguida la fascinación de todos por Ignatius Reilly, el insoportable y brillante protagonista de la novela. Pero sospecho que la mayoría de los que se ríen con sus páginas no sabe que le debemos la existencia de ese libro a una sola persona: Thelma, la madre de John Kennedy Toole.
Thelma le repitió desde la cuna que era un genio y dedicó su vida a empujarlo hacia el arte. A los dieciséis años escribió su primera novela, La Biblia de neón, un texto donde ya asoma la mirada de alguien que se siente completamente ajeno al mundo que le toca habitar. La novela quedó archivada en una caja de zapatos debajo de un armario, juntando polvo, mientras el muchacho juntaba diplomas.
A los diecisiete ingresó a la Universidad de Tulane, se graduó con honores, obtuvo una maestría en Lengua Inglesa en Columbia y antes de cumplir los veintidós ya daba clases en el Hunter College de Nueva York. Thelma celebraba cada escalón como si fuera suyo.
Cuando John fue reclutado por el ejército y enviado a Puerto Rico para enseñarle inglés a los soldados locales, entre el calor caribeño y el tedio militar, logró el ascenso a sargento y encontró algo que no había tenido antes: tiempo para escribir.
Y escribió una novela. Y en el epígrafe de la novela colocó una frase de Jonathan Swift: «Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él».
La novela se llamaba La conjura de los necios.
De vuelta en Nueva Orleans, Toole mandó el manuscrito a Simon & Schuster. El editor que lo recibió se llamaba Robert Gottlieb y era uno de los más respetados del país. Gottlieb no rechazó el libro. Hizó algo peor: le dijo que era extraordinario pero que necesitaba cambios. Toole los hizo. Gottlieb pidió más. Toole volvió a escribir. Gottlieb seguía sin estar convencido. Así pasaron dos años, tres, cuatro. Cada carta llegaba con nuevas observaciones, nuevas dudas, nuevas sugerencias. Toole reescribía, esperaba, volvía a reescribir. Gottlieb nunca dijo que no. Tampoco dijo que sí.
Un día Toole se fue de Nueva Orleans y estuvo dos meses desaparecido. Lo encontraron en un camino perdido de Misisipi. Había estacionado su Chevrolet Chevelle, conectado una manguera al caño de escape y colocado el otro extremo en la ventanilla del conductor. Tenía treinta y un años. En el asiento del acompañante dejó una carta de despedida que su madre rompió en pedazos después de decir que estaba avergonzada por el suicidio de su hijo.
Muy pocos fueron a su funeral. Entre los asistentes no estaba Walker Percy, que no tenía idea de quién era Toole. Pero al tiempo empezó a recibir llamadas de una mujer desconocida con una propuesta extraña: quería que leyera la novela escrita por su hijo.
«¿Por qué tengo que hacer eso?», le preguntó.
«Porque es una gran novela», le contestó Thelma.
Percy intentó esquivar el bulto. El manuscrito que le llevaba la mujer era una copia en papel carbónico, borrosa y casi ilegible: la excusa perfecta para deshacerse de una madre pesada y evitar el trago amargo de leer un mamotreto insufrible. Pero Thelma no se achicó: le dejó la montaña de hojas perfectamente unidas por un cordón sobre el escritorio y se fue sin dar explicaciones.
Y entonces Percy empezó a leer con desgano, esperando liquidar diez páginas y devolverlo. No pudo parar. No podía creer que esa masa de hojas mecanografiadas fuera una novela tan pero tan buena.
Movió influencias hasta lograr que el libro se publicara en 1980. La novela fue un fenómeno inmediato que hasta ganó el Premio Pulitzer. Como nadie conocía a Toole, la prensa acudió a la única biógrafa disponible: su madre. Thelma se paseó por canales de televisión y diarios contando las hazañas infantiles de su «niño genio», administrando con mano de hierro los derechos de la obra.
Cuando Hollywood tocó a su puerta para comprar la adaptación al cine, Thelma puso sus condiciones. Negoció presupuestos, aprobó guiones y exigió un requisito irrenunciable para firmar: el papel de la Sra. Reilly, la madre dominante, neurótica y absorbente de Ignatius, solo podía ser interpretado por una persona. Ella misma.
La película nunca se hizo. El libro quedó ahí, flotando en el tiempo, hasta que un ejemplar llegó a la biblioteca de mi casa. Ahora entiendo por qué no podía leerlo en traducción. No era el traductor. Era que para entender a Ignatius Reilly, primero había que conocer a la madre.




