El arte de guardar hielo y la vergüenza de vender humo

El arte de guardar hielo y la vergüenza de vender humo

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Se dice que en Onil las muñecas no se fabrican: nacen. En ese rincón de Alicante, dentro de un palacete de tres plantas que parece sostener la respiración, viven mil doscientas figuras que miran sin parpadear. Son criaturas de otra época, algunas nacidas en 1850, cuando la infancia todavía no era un material descartable de plástico ni servía de combustible para los mercados. Hay algo perturbador y a la vez magnético en esa calma antigua; una obstinación silenciosa de las cosas que, de tanto quedarse quietas, terminan fabricando la memoria de todo un pueblo.

Pero Onil no siempre vivió de los cuerpos de porcelana. Antes de las muñecas, vivió de un tráfico mucho más esquivo: el frío.

¿Hielo en Alicante? Suena a oxímoron, a una de esas bromas que el tiempo le gasta a la geografía. Pero ahí están los pozos, hondos y circulares, como cicatrices en la piedra. Los hombres de Onil sabían algo que nosotros olvidamos: que el invierno se puede guardar si uno tiene la paciencia de la paja y la cal. Me gusta pensar en esos tipos bajando la montaña en pleno agosto, con el frío de enero todavía pegado a los dedos, como si trajeran un mensaje de otro siglo que nadie sabe ya cómo leer.

Ese frío les daba dinero, claro, pero sobre todo les daba prestigio. Eran los dueños de lo invisible, los que podían aliviar los veranos ásperos del Mediterráneo cuando el tiempo todavía no se podía domesticar. Para llegar al Pouet de la Neu -el Pozo de Palillos- hay que subir por un camino viejo que se repliega sobre sí mismo, ganando altura entre desniveles. No hay épica en el trayecto, pero sí una persistente sensación de esfuerzo, como si la tierra todavía recordara el paso lento de las caballerías cargadas de nieve. Allí arriba, el pozo conserva una inscripción roja del siglo XVIII que apenas se sostiene: una fecha pintada para no olvidar cuando el frío era un asunto público.

Hoy el camino se interrumpe ahí. El resto pertenece a otro paisaje.

Pensar en el hielo desde acá tiene algo de ironía involuntaria. No hay montañas ni nieve, pero sí un río inmenso pegado a nuestra aldea. Tenemos heladeras -o neveras, como dicen en Onil-, pero vivimos en una intemperie distinta, donde la electricidad se corta como si fuera un lujo intermitente y la regularidad es una fe que ya nadie profesa. Acá no se trafica nieve, pero florece con una salud envidiable la industria del humo: personajes que lo producen en cantidad y lo distribuyen con eficacia, convencidos de que, mientras siga flotando en el aire, alguien creerá que algo nuevo está por llegar.

Al final, uno se queda mirando esos pozos vacíos en la sierra y se pregunta hasta cuándo seguiremos nosotros, en este rincón pequeño, aprendiendo a conservar la paciencia para que no se nos deshaga, como un terrón de nieve vieja, entre las manos.


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