por Marcelo Sicoff | cronicasdebaigorria.blogspot
Los manuales de psiquiatría desaconsejan ciertas teorías. Quizá tengan razón. O no. Porque algunos manuales no escritos de la cultura urbana siguen usando categorías diagnósticas o criminológicas de dudosa reputación. La desconfianza en el avance de la ciencia se ve a diario en nuestras calles. Y mejor sigo escribiendo después, porque ahora viene un morocho con gorrita y me mira raro. Cayetano Santos Godino tampoco generaba buenas primeras impresiones. Hagamos memoria.
Al Petiso Orejudo se le atribuyen tres crímenes. Tres horribles asesinatos y ocho casos de lesiones graves e incendios. Todo eso lo hizo cuando era menor de edad. Nació el 31 de octubre de 1896 y empezó a matar cuando tenía nueve o diez años. Y lo siguió haciendo hasta que lo descubrieron, a los dieciséis. Los diarios de la época se gastaron casi todos los adjetivos para describirlo: inhumano, bestia, degenerado, hiena, monstruo, idiota, imbécil, repugnante, fiera, abominable.
Sus padres eran inmigrantes calabreses y el pibe casi muere en el parto. Su casa no era un paraíso. El padre era alcohólico y padecía los síntomas de demencia provocados por una sífilis avanzada; se divertía golpeando a su esposa y a sus hijos. A Cayetano también lo golpeaba su hermano mayor, así que apenas pudo se escapó a la calle y empezó a vagar por Parque Patricios.
«¿Siente usted remordimientos por lo que hizo?», le preguntó a Cayetano Santos Godino uno de los psiquiatras forenses durante un peritaje.
«No entiendo», respondió Cayetano. Sin pestañear.
Ahí es donde asoma la punta de la sábana del fantasma de Cesare Lombroso, que por aquellos años de 1910 era una figura venerada por la élite médica argentina.
Lombroso, un criminólogo italiano obsesionado con medir cráneos, frentes y mandíbulas, sostenía una hipótesis tentadora para las clases acomodadas: el criminal no se hace, se nace. El delincuente era un retroceso biológico, un eslabón perdido que se podía diagnosticar a simple vista mirando la forma de las orejas, la simetría del rostro o el tamaño de los pómulos.
Cuando los peritos forenses vieron llegar a Cayetano Santos Godino, se les iluminaron los ojos. Tenían entre manos el Santo Grial del determinismo lombrosiano: un joven esmirriado, de mirada torva, frente estrecha y, sobre todo, con unas orejas gigantescas, desplegadas en asa, que parecían la prueba irrefutable de que la biología no falla. La cara del monstruo antes de que el monstruo hablara.
Lo mandaron al Penal de Ushuaia, al fin del mundo. Y entonces los médicos de la cárcel quisieron hacer ciencia aplicada. Pensaron que si la maldad residía en los rasgos atávicos, tal vez una buena cirugía podía corregir el alma. Un equipo de cirujanos lo anestesió, le serruchó los cartílagos y se los pegó a la cabeza. La operación fue un éxito.
Estético.
Le dejaron las orejas prolijitas. Hermosas. Pero Cayetano no cambió. Con las orejas pegadas a la cabeza, siguió siendo el mismo tipo.
Tan idéntico siguió siendo que, después de que matara al gato que los presos tenían de mascota, la población del penal lo molió a golpes. Terminó internado en la enfermería, donde al poco tiempo murió. Por supuesto, los medios y las autoridades dijeron que la golpiza ocurrió en «confusas circunstancias», y el reporte oficial anotó que murió por una úlcera.
Ni la cirugía ni los tratados lombrosianos pudieron curarle la cara. Ni el alma.
El morocho de gorrita acaba de pasar de largo. Solo quería pedirme la hora.




